Hubo un tiempo, en que bastaba que yo le deseara la muerte a alguien, para que esta se llevara repentinamente al destinatario de mis iras.
Al principio no me lo creía del todo, y deseaba el fin a cualquiera que me agrediera o agraviara personalmente. Fui constatando que las casualidades, tenían la firme vocación de agradarme; que aquellos que encendían mi ánimo vehemente, acababan sus días por accidentes o fulminantes enfermedades. Seguramente por una cuestión de legislación internacional del destino; por más que me concentrara en el empeño, no era capaz de generar siquiera una gripe en aquellos que generaban en mí, un odio incendiario de juventud allende las fronteras. Se libraron así: Henry Kissinger, Ronald Reagan, Idi Amín Dadá o Moshé Daián.
Poco a poco, mientras la fatídica lista doméstica aumentaba, comencé a sentir un cierto pudor justiciero; y porqué no decirlo, un nuevo horizonte en la consideración de la economía de un recurso, del que no conocía sus fondos.
Recuerdo cómo, al llegar a una edad en la que vislumbraba a lo lejos la razón, tuve que pedirle a la parca el indulto para un ex patrón que había comprado todos los números de mi oscura lotería, tras entrar aquel en la UCI por un repentino ataque. La evidencia ilusoria de mis poderes sobrenaturales habían creado en mí, un atisbo de magnanimidad que nunca antes había experimentado. La muerte accedió a mi petición, dejando para más tarde el desenlace de aquel miserable, y como recompensa, dejé de darle tajo durante tres décadas, en que quitaba presión interna poniendo a parir sin más a los reos, de mi iracundia.
Puede ser que la razón se esté alejando en la medida que mi indignación crece; hace pocos días, me descubrí concentrándome para desear la muerte del Ministro de Justicia (o lo que sea eso que imparte desde su ministerio).
Le miré fijamente en una foto (aunque alguna vez estuve en su presencia y apenas me cagué en su puta madre) y descargué todo el rencor que vengo acumulando de un tiempo a esta parte, deseándole la muerte por chulo, descarado e injusto. Es decir, vuelvo a las andadas, sin vestigios de racionalidad o clemencia; que su ángel guardián se ocupe de que otros, menos desquiciados y más cabreados que yo, se salten las peticiones a Átropos, y se pongan manos a la obra.
